Nos creemos fuertes y grandes. Nos creemos genios del malabarismo emocional. Nos creemos poseedores de la fuerza necesaria para superar la muerte de alguien querido. Nos creemos lo que nos repite nuestro Ego. Pero sólo nos lo creemos. Hasta que la vida nos pone en nuestro sitio. Nos coloca donde tenemos que estar. Tristes. Jodidos. Dolidos. Cabreados con algo que consideramos injusto. Molestos con Dios aunque no creamos en Él. Superados. Vencidos. Derrotados. Hambrientos de una explicación racional que nos ayude a vencer este desasosiego horrible.
Y no somos conscientes de lo sucedido hasta que un día nos damos cuenta que no está. Quieres hablar con ella y no puedes. Quieres abrazarla y no la encuentras. Te giras pensando en ella y no hay nadie. Ese día nuestros muros caen de verdad. Para ese día no hay preparación previa. Ese día, te das cuenta que estás vivo. Ese día, entiendes que la vida es una enfermedad de muerte. Ese día, reconoces tu mortalidad. Ves la vacuidad de la vida. Entiendes que hagas lo que hagas ese es nuestro destino. El único destino confirmado y escrito. Para todos por igual.
Y eso a mi me da fuerzas.
Mientras tanto sigo maldiciendo a las Parcas.