Y finalmente se la llevaron.
Las Parcas, las malditas Parcas.
Hacía tiempo que Átropos la miraba bajo el dintel de la puerta, la miraba pero no se atrevía, no osaba entrar y alzarla en volandas, bailar con ella hasta el amanecer de un nuevo día. Cortar el hilo con un simple movimiento y llevársela lejos. Más allá de la comprensión humana. Ahora ya no es, pero está y siempre estará dentro, muy adentro. Esa es la inmortalidad. Su recuerdo es la semilla inmortal que portamos los que la conocimos. Los que comimos sus ñoquis, su pascualina, su lemon pie, su puré de patata con milanesa. Los que discutimos con ella. Los que la abrazamos. Los que recibimos sus cortes de mangas y sus miradas tiernas. Los que no entendíamos las fotos más cortas de lo normal. Los que la queríamos a toda costa junto a abuelito, hasta que comprendimos que no era posible. Los que pasábamos horas jugando a las cartas con ella y con Gabi. Los que la recordábamos por el olor a bolitas de naftalina en la ropa. O tejiendo, en su mecedora con Camilo entre sus patas. Tantos recuerdos, tantos, que no pararía de escribir. A pesar de estar lejos y sólo verla pocos días al año, los recuerdos que tengo son imborrables y profundos. Y aunque mi raciocinio no me lo permita, se que nunca dejará de estar donde más la necesito, en mi corazón, latiendo junto a mi.
Tuve suerte de conocerla, de amarla y de quererla como lo que era, la nonna, mi nonna.
Y ya no está, se fue.
Las parcas se atrevieron, cruzaron la puerta.
Malditas Parcas.
Malditas.
Mi te véuggio bén nònna!!!